
El primer tercio del siglo XX trajo consigo la renovación urbanística de Sevilla en vistas a la Exposición Iberoamericana de 1.929. Hasta entonces la ciudad se encontraba en una situación de estancamiento respecto a las nuevas ideas de planteamiento urbano que se estaban desarrollando desde hacía años en las principales ciudades europeas. Todo ello debido a la crisis económica e industrial que se sufría en la época y a los escasos avances técnicos.
Sin embargo, el anuncio de la Exposición Iberoamericana levantó nuevos aires en los años veinte. Sevilla debía prepararse para acoger un gran evento, había llegado la hora de ser una ciudad del siglo XX y dejar atrás aquella estampa de servicios e infraestructuras públicas en pésimas condiciones, que resultaban más propios del siglo XIX.
El espacio público fue, sin lugar a dudas, el verdadero protagonista de esta renovación. Ampliar avenidas, abrir plazas y proyectar paseos fueron los principales motores de la política urbanística de entonces. La creación de estas nuevas zonas fue un factor decisivo en la aparición del Monumento Público sevillano de principios de siglo, una de las épocas doradas en este ámbito. Estos lugares de uso colectivo debían ser dotados de elementos que se consideraban indispensables en la mentalidad del momento: jardines, alumbrado y el valor artístico, que vendría dado por las esculturas o fuentes.

El Parque de María Luisa, sede de la Exposición, es el principal ejemplo, al que había que sumar los Jardines de Murillo o el Paseo de Catalina de Ribera, todos ellos configurados como un conjunto armonioso formado por su propia ordenación espacial, la vegetación, el mobiliario y los Monumentos.
En este proceso las fuentes adquirieron un papel preponderante. Su uso fue limitado a las glorietas interiores de los jardines o a los centros de plazas como elementos independientes. Aparecen en torno a la Exposición Iberoamericana las fuentes más famosas de Sevilla: la Fuente de Hispalis (Puerta de Jerez) o la Fuente-Farola de la Plaza Virgen de los Reyes, ambas surgidas a partir del proyecto de renovación de plazas y espacios urbanos emprendido por el arquitecto Juan Talavera.
La actual Plaza de Don Juan de Austria, donde se encuentra la Fuente de las Cuatro Estaciones, era un lugar que tradicionalmente venía formando parte del Prado de San Sebastián, aunque ya gozase de nombre propio desde finales del siglo XVIII cuando se construyó la “Puerta Nueva o de San Fernando”

El derribo de ésta casi cien años después y la construcción de la popular Pasarela no sólo le aportó una nueva imagen, sino que lo convirtió en uno de los lugares más frecuentados por los ciudadanos y más emblemáticos al constituirse como postal típica de la Feria de Abril. Desde entonces hasta prácticamente nuestros días ha mantenido la denominación popular de “Pasarela” o “Pasadera” a pesar de la rotulación oficial “Don Juan de Austria”, que pasa desapercibida.
La Pasarela fue diseñada por Dionisio Pérez Tobías y realizada en la fundición de los Hermanos Perea en 1896 para salvar el cauce entubado del arroyo Tagarete. Se mantuvo hasta 1.920, cuando fue desmontada por su inutilidad y por el estorbo que producía en el incipiente tráfico, que ya empezaba a estar presente en la ciudad de manera creciente.

Precisamente, el tráfico actuó como un factor determinante en el origen y configuración de la fuente. El denominado “Plan de reforma y obras conexas a la Exposición Iberoamericana” se centró en este espacio por su situación clave: se encontraba inmediata al acceso a la sede de la Exposición y se constituía como núcleo y punto de encuentro de cuatro avenidas y calles principales: Menéndez y Pelayo, Cid, Carlos V y calle San Fernando. Así pues, años después de la destrucción de la Pasarela se encargó al escultor Manuel Delgado Brackembury la realización de la fuente, que no se vería culminada hasta 1.929.

De este modo, la Fuente de las Cuatro Estaciones es un ejemplo de una nueva tipología de fuentes ornamentales que surgen en Sevilla durante este periodo. Se trata de una fuente monumental levantada en el centro de un espacio urbano, donde actúa como hito y elemento señalizador y organizador del tráfico rodado.
